Aquí donde me ves, soy perfecta hasta la extenuación. Ahora bien, que quede claro que hablo desde la más pura objetividad, que no me acuse nadie de ser partidista a mis años.
Mi sublimidad va más allá de lo abarcable. A mí me ves haciendo una tortilla de Jamón York, pasando la aspiradora o con el paquete de papel higiénico recién comprado del supermercado y no puedes menos que pensar:
“Caray, esta chica tiene clase”.
Yo, hay veces que me levanto y siento que no existo. Actúo. La naturalidad no está hecha para mí, es demasiado vulgar para una brillantez como la mía. Yo soy de las que salen a la calle tipo mujer de películas años treinta, con una pamela tapando la mitad de mi rostro y mis labios con un carmín rojizo de esos tan fantásticos que hacen de la boca un verdadero milagro del efecto óptico. Y voy estupenda. Otras veces, no te creas, me siento más tipo años setenta, de esas mujeres que desean liberarse pero no lo consiguen y despachan cafés con sacarina, sujetan el cigarro en la boca, tienen los ojos entrecerrados por el humo y canturrean I will survive de Gloria Gaynor. Que maja la Gaynor, siempre tan optimista (“sobreviviré”).