Muchos funcionarios entienden que todo el esfuerzo que deben realizar se acaba en el momento que aprueban una oposicíon y consiguen su puesto. Muchos políticos entienden que después de conseguido el cargo con saludar y salir por la tele han cumplido. Y dejando a las excepciones de lado, que no dudo que las habrá, algo debe pasar en esta sociedad, para que todo el mundo aspire a vivir del cuento. Si a estos les añadimos los que quieren ser famosos, tenemos un problema de narices.
Todas las mañanas paso por un peaje en el que, casi siempre, una amable señorita, a veces un amable caballero, me desea los buenos días, efusivamente y con una gran sonrisa. Es algo que te anima el día. Mi compañera y yo lo hemos comentado muchas veces: cuando no ocurre lo echamos mucho de menos. ¿Te imaginas que una buena parte de los que nos rodean tuvieran esa misma actitud? Sería increible y muy positivo.
Pero esto es una excepción en general. No te digo si hablamos del sector público. Cuando te encuentras alguien que te trata con amabilidad, que compruebas que quiere ayudarte, te chirría todo. Es tan poco habitual. Porque lo normal es que traten con una total indiferencia, con nula amabilidad. Eso si directamente no se apean del respeto. ¿Por qué tenemos que soportar esto?